l Moncayo. El monte sagrado. La montaña mágica. Cuando te acercas a él, su eterna y magnífica silueta lo domina todo. Omnipresente, te hace sentir pequeño e insignificante.

Desde tiempos remotos, diferentes civilizaciones creyeron que las montañas eran morada de dioses, bien por encontrarse más cerca del cielo, bien por las tormentas, tempestades e irreales nieblas que en ellas se desatan y habitan. Y el Moncayo no podía ser menos. Todo en él es especial. Su cumbre, somontano, pueblos, rocas, bosques, fuentes y ríos conservan algo mágico, que te impregna, seduce y hace sentir poseído por fuerzas sobrenaturales. Historias de Hércules, brujas, aquelarres, encantamientos y endemoniados, hacen surtir este fascinante y sobrecogedor hechizo.

Frontera natural de tres reinos: Castilla, con Soria a sus espaldas; Navarra, justo encima; y Aragón, a sus pies. El “Mons Caunus” (monte cano o canoso), nombre que le dieron los romanos seguramente por las permanentes nieves de sus cimas, constituye una auténtica “isla biogeográfica” repleta de vida, humedad y verdor.

Montaña mimada por las nubes y brumas atlánticas que capta su magnífico e impresionante volumen y elevada altitud (2.315 m.), siendo ésta la más alta de la Cordillera Ibérica. Nada hay alrededor que arrope su presencia o suavice su omnipotencia. Sus cumbres son un auténtico prodigio de la naturaleza que emergen desde los 1.000 m. del somontano.

La formación del macizo del Moncayo tuvo lugar en la Era Terciaria como consecuencia de los movimientos alpinos. Los materiales rocosos más característicos son areniscas, cuarcitas y pizarras, adosados a las cuales se encuentran materiales más modernos de tipo calcáreo. En sus laderas pueden apreciarse restos de huellas glaciares, destacando los circos conocidos como Pozo de San Miguel, San Gaudioso y Morca.

Encuadrado en plena región mediterránea, con claros matices continentales, se podría decir que su clima está en una zona de transición entre el de la depresión del Ebro y la meseta soriana. La mayor intensidad de precipitaciones se da en otoño y primavera, mientras que en verano son las tormentas quienes hacen acto de aparición, siendo el invierno largo y frío. Conforme se asciende en altura, se imponen unas matizaciones climáticas diferentes, consistentes en un aumento de las precipitaciones y descenso de las temperaturas.

Debido a su altitud y situación, el Moncayo intercepta buena parte de los frentes nubosos que, procedentes del Atlántico, se encauzan por el valle del Ebro. Esto hace que se produzcan generosas precipitaciones en el macizo, gozando así de un microclima marcadamente húmedo. Por ello, aparecen formaciones vegetales propias de los climas más templados y lluviosos del norte de España y Centroeuropa. Es pues, el Moncayo, una “isla atlántica” en un ambiente o zona notablemente mediterránea.

Si vamos ascendiendo desde el somontano, primero encontraremos una vegetación rala dominada por matorrales mediterráneos. El suelo, en general, es muy escaso y devastado por la erosión causada por siglos de pastoreo, talas e incendios. En estas condiciones, la cubierta vegetal está compuesta por plantas que subsisten a las limitaciones existentes, siendo a la vez muy importantes como freno de la erosión.

Coscoja (Quercus coccifera), romero (Rosmarinus officinalis), tomillo (Thymus), lavanda (Lavandula spica), aliaga (Genista scorpios), jara (Cistus albidus), miera (Juniperus oxycedrus), encina (Quercus ilex), quejigo (Quercus lusitanica), gayuba (Artostaphyllus uva-ursii), majuelo (Crataegus monogyna), endrino (Prunus spinosa), y rosal silvestre (Rosa canina), son los máximos exponentes de la vegetación de esta zona.

Entre los 950 y 1.300 m., y coincidiendo ya con la entrada al Parque Natural de la Dehesa del Moncayo, el aumento de las precipitaciones hace que domine el bosque de rebollar (Quercus pyrenaica). No obstante, es en esta zona donde llama la atención la abundancia de pino silvestre (Pinus sylvestris), debido a las intensas repoblaciones que de éste se llevaron a cabo. Mezclado entre los dominantes anteriores, coexiste el arce Montpellier (Acer monspessulanum) y el Acer campestre, así como el guillomo (Amelanchier ovalis).

Entre los 1.300 y 1.800 m., el descenso de temperaturas unido al aumento de precipitaciones y las frecuentes condensaciones de nieblas, hacen que las condiciones sean favorables para que aparezca el bosque de hayas (Fagus sylvatica), el cual domina casi en exclusiva esta zona, siendo el hayedo del Moncayo uno de los más meridionales de Europa y, por ello, testigo vivo de pasadas épocas de clima más lluvioso y templado.

No obstante, en este piso y hacia el este, donde las condiciones de humedad son menores, el haya es sustituido por el roble carballo (Quercus petraea), serbal de cazadores (Sorbus aucuparia), serbal blanco (Sorbus aria), arándano (Vaccinium mirtyllus), acebo (Ilex aquifolium) y sauquero (Sambucus racemosa).

En los barrancos o zonas donde hay cursos de agua o manantiales y, por tanto, se anegan los suelos y hay mayor condensación de humedad, aparecen el álamo temblón (Populus tremula), diversas especies de sauces (Salíx atrocinerea la más común), cornejo (Cornus sanguínea), sauco (Sambucus nigra), chordón (Rubus idaeus), fresno (Fraxinus excelsior), tilo (Tilia platyphyllos), avellano (Corylus avellana) y abedul (Betula verrucosa), siendo éste una auténtica joya dentro del Moncayo, al tratarse de una especie boreal que quedó atrapada aquí al retirarse los hielos de la última glaciación.

Por encima de los 1.800 m., y hasta las cumbres del macizo, donde la climatología es especialmente dura (nieve, hielo, viento), se reduce la vegetación leñosa, por lo que las plantas adquieren un porte rastrero pegándose al suelo: piorno (Cytisus purgans), brezo (Erica arborea), enebro común (Juniperus communis), sabina (Juniperus sabina), tejo (Taxus baccata) al abrigo de afloramientos rocosos y, por fin, pino negro (Pinus uncinata), último exponente del bosque en altitud.

Si la vegetación es fascinante, la fauna no es menos sorprendente: mirlos, picopicapinos, petirrojos, zorros, jabalíes, tejones, corzos, águilas calzadas, reales y perdiceras, piquituertos, treparriscos, alondras, chovas piquigualdas, etc., entre cientos de otros animales que harían una lista extensa, casi interminable.

El Moncayo, desde 1.978, fue declarado Parque Natural para preservar y salvaguardar los elevados e importantísimos recursos naturales de que goza en la práctica totalidad de los aspectos, fundamentalmente ecológico, biológico, paisajístico y, como no podía ser de otra manera, micológico.



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